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Joseph Marie Jacquard

La pobreza lleva a la revolución

Desgraciadamente, este nuevo crecimiento económico y el crecimiento de una nueva clase empresarial tuvieron un coste. Los ciudadanos de Lyon, al igual que los de otras ciudades industriales, estaban sobrecargados de trabajo, pero seguían siendo pobres y carecían de alimentos. La “maldición” de la Revolución Industrial era que los propietarios de las fábricas de la clase media alta se beneficiaban del aumento del comercio exterior, mientras que las clases bajas sufrían condiciones de vida atestadas y poco salario.

Para cuando Jacquard había entrado en la edad adulta, Francia estaba entrando en uno de los períodos más tumultuosos de su historia: la Revolución Francesa. Y en Lyon, una de las ciudades más pobladas del país, este malestar -sobre todo el causado por el desplazamiento del poder político de la nobleza adinerada a manos de las masas- era sentido por todos. Los cambios en el statu quo se producían a todos los niveles, incluyendo el político, el social, el económico y el tecnológico.

Ya en 1775, el interventor general francés Anne-Robert Turgot había fomentado el libre comercio inhibiendo el restrictivo sistema gremial y subvencionando las innovaciones en aquellas industrias que creía que algún día harían de Francia un rival económico de su némesis, Gran Bretaña. Tras la ejecución del patrón de Turgot, el rey Luis XVI, y el ascenso de un gobierno revolucionario, se siguieron fomentando las innovaciones entre los ciudadanos franceses y se recompensó el espíritu inventivo con subvenciones gubernamentales. Esta tendencia continuaría después de la Revolución, ya que el propio emperador Napoleón Bonaparte fomentó los avances tecnológicos en su cada vez más numerosa república.

Este estímulo por parte del gobierno atrajo el interés de jóvenes como Jacquard, que había crecido y ascendido al puesto de mecánico de molino en Lyon. Reflexionando sobre el trabajo de su infancia, Jacquard se propuso encontrar una alternativa al puesto de dibujante en la industria de la seda.

Un concepto desarrollado por su compatriota Jacques de Vaucanson en 1745, que utilizaba un rollo de papel perforado para controlar el proceso de tejido, sirvió de punto de partida a Jacquard. Al recibir uno de los telares de Vaucanson para restaurarlo, Jacquard se puso a trabajar en la corrección del diseño inviable de Vaucanson. Absorto en su proyecto durante varios años, Jacquard creó un prototipo operativo de su telar en 1790.

En 1793, la Revolución estaba en pleno apogeo, lo que obligó a Jacquard a abandonar su proyecto; en su lugar, se unió a las clases bajas republicanas para montar su histórico ataque contra la nobleza francesa. Después de luchar junto a sus conciudadanos en defensa de la nueva república francesa, Jacquard retomó su trabajo en 1801, poco después de la llegada de Napoleón al poder. Su telar mejorado, exhibido ese mismo año en una exposición industrial en el Louvre de París, le valió a Jacquard una medalla de bronce.

Tres años más tarde, en el otoño de 1803, el inventor fue llamado de nuevo a París, esta vez para demostrar una segunda versión de su diseño original de telar. Esta versión llevaba acoplado en la parte superior de su bastidor el “mecanismo Jacquard” o “accesorio Jacquard”, que era un dispositivo que conectaba el telar de madera con un rollo continuo intercambiable de tarjetas perforadas conectadas. Este método extraordinariamente innovador de “programar” una máquina permitió que el telar Jacquard produjera tapices, brocados, damascos y otras telas de seda intrincadamente tejidas con mucha más rapidez que la tecnología manual del pasado.